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Qué no hay que hacer a la hora de comer


El ingenio de las madres a la hora de hacer comer a sus hijos no conoce límites (los padres suelen participar menos en este tema, probablemente más por indiferencia que por reflexión). Se comienza haciendo el avión con la cuchara. Luego viene dis­traer (muchas madres usan sin pudor la palabra «engañar») al niño con canciones, danzas, muñecos o la inevitable tele.

Pron­to siguen los ruegos («¡no le hagas esto a mamá!»), las prome­sas («si te lo comes todo te compro un dinosaurio»), las ame­nazas («hasta que no te lo acabes no vas a jugar»), las súplicas («ésta por mamá, ésta por papá, ésta por la abuelita»), las vidas ejemplares («¡mira a Popeye, cómo se come las espinacas!»).

Se cuenta de unos padres que, al observar que su hijo se llevaba a la boca lo que encontraba por el suelo, tuvieron una idea genial: cada día lavaban bien el suelo y luego esparcían trocitos de tor­tilla de patatas.

Algunos métodos mueven a risa; pero otros mueven más al llanto, sobre todo al niño.

Veamos algunos ejemplos:

La persistencia

Mi hijo de cinco meses y medio no me quiere aceptar la cuchara. Empecé a intentarlo a los cuatro meses, pero por mucho que lo intentaba (con mucha paciencia) el niño chillaba, escupía y lloraba. Así que tuve que ponerle el contenido de los potitos y papilla en el biberón. Ahora hay días que me come unas cuatro o seis cucharadas sin rechis­tar, ¡pero luego se acabó! Hace un par de días empecé a ponerle el chupete después de cada cucharada, y así se lo acaba todo.

¿Mucha paciencia? Ésta es otra confusión. Paciencia sería haber aceptado que su hijo todavía no quería papillas. Esta madre no ha sido muy paciente, sino muy insistente (si su hijo pudiera hablar, probablemente usaría una palabra más fuerte, «pesada» como mínimo). Al ponerle el chupete después de cada cuchara­da, el reflejo de succión le juega al niño una mala pasada: en vez de escupir, se lo traga. Lleva un par de días, y parece que fun­ciona; pero seguro que pronto dejará de funcionar. El niño enfer­maría si siguiese comiéndoselo todo durante mucho tiempo, y la naturaleza raramente permite que eso ocurra. Encontrará la mane­ra de escupir, a pesar del chupete, o aprenderá a vomitar.

Las incursiones nocturnas

Tengo una niña de trece meses que tiene un comportamiento un poco extraño a la hora de comer, y es que no come, es decir, que aunque le doy distintas cosas ella no se molesta en probarlo (como si le asustara la comida). Pero lo raro es que si por último le hago un biberón también lo rechaza, pero si luego dormida se lo vuelvo a dar entonces sí se lo toma entero (con cereal incluido), 600 o 700 ml de leche con cereales es lo que toma en 24 horas. Ella es una niña que nunca parece tener hambre. ¿Puede aborrecer la comida un niño al que nunca se le ha obligado a comer?

¿Nunca se la ha obligado a comer? ¿Y cómo se llama entonces a enchufarle más de medio litro de leche con céreales mientras duerme? Por supuesto, la gente no ata a su hijo a la silla. Cuando hablamos de obligar o forzar a un niño nos referimos a todos los métodos, por las buenas o por las malas. Por cierto, ¿cómo se puede esperar que durante el día tenga hambre una niña que ha tomado más de medio litro de leche con cereales mientras dormía? Seguro que no le cabe nada más.

Las odiosas comparaciones

Según una conocida historia apócrifa, Caín era «mal comedor». Mientras le hacía el avión (¿o el pterodáctilo?) con la cuchara, Eva solía animarle diciendo: «¡Vamos, sé bueno! ¡Mira a tu hermano Abel, cómo se acaba la verdurita!». Ya sabe lo que pasó des­pués, ¿verdad?

Pocas veces nos damos cuenta de cuánto molestan a nuestros hijos estas comparaciones. Y también a los otros niños con quie­nes los comparamos. «Mira a Mónica, ya se ha acabado el boca­dillo». Y nuestra hija furiosa, y la pobre Mónica intentando disi­mular mientras piensa «trágame, tierra».

¿Le gustaría que se lo hicieran a usted? Imagínese tomando el café y charlando con su mejor amiga. En esto, entra su mari­do y le espeta: «A ver si aprendes a cuidarte un poco. Fíjate en Encarna, qué bien se peina, y cómo tiene el cutis, y lo del­gada que está. Tú siempre has de ir por ahí hecha una deja­da». Y se va, tan tranquilo, y usted se queda con Encarna, aquí paz y después gloria… ¿Cuál de las dos sería la primera en hablar?

Como padre, he tenido que pasar más de un sofoco a la sali­da de la escuela, cuando entrego a mis hijas el bocadillo de la merienda. A alguna madre se le ocurre tomar a mis hijas como ejemplo: «Mira qué bocata tan grande se va a comer Fulani-ta…». ;Qué hago yo ahora? ¿Disimulo y me escabullo, o corro detrás y le explico que el bocata se lo va a comer si quiere, que a veces se deja la mitad y que a veces no lo prueba, que ya cuento con comer varios restos de bocadillo y que ésa es mi merienda…?

Los sobornos

A muchos padres desesperados les parece una buena idea «com­prar» a su hijo para que coma. El doctor Illingworth, en la obra que ya hemos citado, menciona el caso de un niño que reunió una extensa colección de coches en miniatura.

Curiosamente, alguien se ha molestado en investigar la efica­cia de este tipo de sobornos. En un experimento14 se ofreció un nuevo alimento a dos grupos de niños. A unos se les prometía un premio si lo probaban. A los otros se les puso simplemente delante, y que hicieran lo que quisieran. Al cabo de unos días, los niños a los que se habían ofrecido premios consumían menor cantidad del nuevo alimento que los otros. Y es que habría que ser tonto para no darse cuenta: «No debe de estar muy bueno, cuando me ofrecen un premio».

Tampoco es conveniente usar la comida en sí como premio o como castigo. «Si te portas bien te compro un helado» o «como le has pegado a tu primo no comerás pastel». Creo que es un error dietético sumado a un error pedagógico. De entra­da, aunque el premio fuera un juguete y el castigo fuera no ir al circo, pienso que no es la mejor manera de educar a un niño. Un niño hará el bien por la satisfacción que eso produce, y no necesita más premio que la aprobación de sus padres (y pron­to ni eso, porque tendrá la aprobación de sí mismo, que es la más importante); y se abstendrá de hacer el mal cuando com­prenda que eso perjudica a otros. Las personas buenas, las per­sonas con una conciencia moral superior (y los niños pequeños tienen de eso, no le quepa duda) no necesitan ni premios ni castigos. Y un adulto que sólo actuase movido por la esperan­za del premio o el temor al castigo sería un hipócrita y un apro­vechado, haciendo el bien cuando le miran y el mal a escondi­das. Cuando lleve a su hijo al zoo, no estropee la ocasión con frases como «es un premio porque esta semana recogiste los juguetes», frase que además es mentira, y usted lo sabe. Sabe perfectamente que le llevaría al zoo de todos modos, que le lle­va por amor, porque es su hijo y le quiere haga lo que haga, sin condiciones, y desea hacerle feliz y disfrutar juntos el fin de semana. ¿Por qué ocultarle a su hijo ese amor, y fingir que sólo es un premio?

Volviendo a la comida, además del problema pedagógico con el que quizá no esté de acuerdo, el usarla como premio o casti­go añade un problema nutricional. Porque el premio nunca serán las acelgas, y el castigo nunca será el chocolate, sino al revés, idealizando cada vez más precisamente aquellos alimentos de los que su hijo no debería abusar.

La situación más ridicula, si se para a pensar, es aquélla de «como no te acabes los garbanzos, no vas a comer pas­tel». Cada vez que oigo una frase de este estilo tengo que hacer esfuerzos para no echarme a reír. Si el niño ya no tiene ham­bre, ¿cómo pretende que, además de los garbanzos, se coma el pastel? Lo lógico sería precisamente al revés: «como hoy has comido muchos garbanzos, mejor que no comas postre», o bien «deja ya los garbanzos, acuérdate de que tenemos pas­tel».

Se ha comprobado experimentalmente que cuando los niños tienen a mano un determinado alimento, pero no se lo dejan comer, les gusta cada vez más.17 Dicho de otro modo, si los caramelos están en casa, pasarse el día diciendo «ya está bien de comer caramelos» sólo consigue que los pidan cada vez más. Si quiere que su hijo no se acostumbre a los caramelos, proba­blemente lo mejor es que no haya en casa, y así no hará falta mencionarlos.

Estimulantes del apetito

Tenemos un bebé de casi once meses que nos tiene muy preo­cupados. Desde que nació, no ha comido bien (sólo le pude dar pecho mes y medio) y a los tres meses ya le teníamos que dar el biberón con la cuchara porque no lo quería comer y era la única manera de meterle algo. A los cinco meses le llevé a un pediatra nuevo que me recetó un estimulante del apetito llamado Pantobamin, que le fue estu­pendo el mes y medio que se lo estuvimos dando, pero al dejarlo volvimos a lo mismo. Después, a los nueve meses, se lo volvimos a dar y no le hizo el mismo efecto, pero comía mejor. Pero ahora des­de que se lo dejamos de dar es mucho peor, porque hace lo que no había hecho nunca, que es vomitar; además desde que le metemos la cuchara (desde la primera) empieza con unas arcadas que creo que es de preocupar porque el día que no me vomita el desayuno vomi­ta la comida, si no la merienda, y si nos hemos librado, seguro que es la cena. La hora de la comida se ha convertido en un infierno. Su madre, que es la que más está con él, necesita un psiquiatra, porque además le angustia mucho la comida porque dice que no va a crecer como los demás.

Existen en el mercado dos tipos de estimulantes del apetito: los que funcionan y los que no.

1. Los que no funcionan son combinaciones más o menos fantasiosas de vitaminas y cosas raras, habitualmente con un nombre impactante que hace referencia al metabolismo, al cre­cimiento, al dinamismo, a las transfusiones o a algo por el esti­lo. Son el equivalente moderno de aquel «Tónico Curalotodo del Doctor McFulano» que venden los charlatanes en las pelí­culas del Oeste (de hecho, algunos también llevan alcohol). En general, en dosis pequeñas y durante periodos cortos son bas­tante inocuos; pero no siempre están exentos de peligro. Siem­pre puede haber una alergia a alguno de sus componentes o a sus excipientes y colorantes, y se han descrito efectos tóxicos de algunas plantas «estimulantes», como el ginseng. Además, algunas vitaminas y minerales pueden ser tóxicos si se consu­men en exceso.

Casi todos los médicos están de acuerdo en que estos «tóni­cos» son absolutamente inútiles, pero muchos los recetan como placebo. Un placebo (en latín ‘complaceré’) es un falso medica­mento que se da al paciente para que esté contento. A veces, dar una receta «y que se calle» es más fácil y rápido que expli­carle al paciente la verdad. También es cierto que algunos pacien­tes exigen un medicamento sea como sea, y a veces el médico tiene que rendirse y recetar un placebo inofensivo por temor a que el paciente se compre por su cuenta un medicamento más peligroso (en España, por desgracia, es muy fácil conseguir medi­camentos sin receta). Por cierto, si quiere que no le manden pla­cebos, en ésta o en otras situaciones, es buena idea decírselo al médico desde el primer momento, y recordárselo de vez en cuando: «No me gusta darle medicamentos al niño sin necesi­dad; si usted cree que lo que tiene se le curará solo, no hace falta que le recete nada». Muchos pediatras responderán con una amplia sonrisa de alivio.

2. Los que sí funcionan son harina de otro costal. Casi todos contienen ciproheptadina (mezclada con diversas vitaminas para distinguir unas marcas de otras).

Es preciso tener en cuenta que las «ganas de comer» no están en el estómago, como el amor no está en el corazón. El apetito está en (o está controlado por) el cerebro. La cipro­heptadina (y algún pariente, como la dihexazina) actúa sobre el centro cerebral del apetito, lo mismo que las pastillas para dormir actúan sobre el cerebro. La ciproheptadina es, en rea­lidad, un psicofármaco; y sus principales efectos secundarios van en este sentido: somnolencia (un efecto frecuente, que puede afectar al rendimiento escolar), sequedad de boca, dolor de cabeza, náuseas; y más raramente, crisis hipertensivas, agi­tación, confusión o alucinaciones, y disminución de la secre­ción de hormona de crecimiento (¡bajito y gordo, para redon­dear el éxito del tratamiento!). La intoxicación (si el niño pilla el frasco y decide tomárselo todo) puede producir sueño pro­fundo, debilidad e incoordinación muscular, convulsiones y fie­bre.

Por supuesto, estos efectos secundarios graves son muy raros; no los explicamos para que se asuste si alguna vez le ha dado uno de estos jarabes a su hijo (si le contásemos todos los posi­bles efectos secundarios de medicamentos tan habituales como la amoxicilina o el paracetamol, también se llevaría un buen sus­to). Siempre que se toma un medicamento se está asumiendo un riesgo; lo importante es que, cuando uno está enfermo y necesi­ta tratarse, el riesgo es muy inferior al beneficio. El problema de los estimulantes del apetito es que los niños que lo toman ni están enfermos ni necesitan tratamiento; el beneficio es nulo, y cualquier riesgo, por pequeño y remoto que sea, resulta inadmi­sible.

Pero, sin duda, el mayor peligro de la ciproheptadina es, pre­cisamente, que sí funciona: el niño come más. Más de lo que necesita, más de lo que le conviene. Por suerte, el efecto desapa­rece tan pronto como se deja de tomar el medicamento, y la mayoría de los niños vuelven a perder en pocos días el peso que habían ganado (si habían ganado algo). Este «efecto rebote» sue­le demostrar a la familia que el medicamento es inútil, y lo dejan de usar. Pero algunas caen en la tentación de seguir usándolo de forma continuada, durante meses e incluso años. ¿Qué efecto puede tener sobre un niño el comer más de la cuenta durante meses o años, y además hacer menos ejercicio físico debido a la somnolencia? Nada bueno, seguro.

También se han usado hierbas y diversos productos «natura­les» para hacer comer a los niños. Todos ellos, por muy «natu­rales» que sean, pueden clasificarse en uno de los dos grupos anteriores: los que funcionan y los que no (el problema es que a veces no tenemos datos suficientes para distinguirlos). Si no funcionan, ¿para qué perder el tiempo y el dinero? Y si funcio­nan, sus peligros serán similares a los de la ciproheptadina. Pri­mero, porque si de verdad aumentan el apetito, probablemente actúan sobre el cerebro. Segundo, porque no se puede hacer que un niño coma más de lo necesario sin que, a la larga, eso per­judique su salud.

Afortunadamente, parece que ya han pasado de moda las qui­nas y otras bebidas alcohólicas que se usaban hace unos años para abrir el apetito. Ni que decir tiene que nunca debe darse alcohol a un niño.

En definitiva, los estimulantes del apetito son inútiles cuando no funcionan y peligrosos cuando funcionan, su efecto es pasaje­ro y tienen efecto rebote. No se han de usar jamás.

Un testimonio de primera mano

¿Qué nos contarían nuestros hijos si pudieran hablar? Tal vez algo así:

Desde que cumplí nueve meses empecé a notar a mis padres algo pesados con la comida. Hasta entonces, mis padres me daban de comer bastante bien; pero empezaron a querer darme otra cuchara­da cuando yo ya había acabado, y un día intentaron meterme una cosa gelatinosa y repugnante que llamaban «sesito» y decían que era de mucho alimento. Al principio eran hechos aislados, y no le di mucha importancia. A veces, para verles contentos, me comía la cucharada de más, aunque luego me encontraba pesado toda la tar­de y tenía que tomar una cucharada menos por la noche. Ahora me arrepiento, y pienso si no debí ser más estricto desde el principio. ¿Será verdad eso que dicen de que, si cedes ante tus padres aunque sólo sea una vez, se malcrían y luego siempre están exigiendo? Yo siempre había pensado que educaría a mis padres con paciencia y diálo­go, lejos de los autoritarismos del pasado… pero ahora, a la vista de lo sucedido, ya no sé qué pensar.

El verdadero problema empezó hace un mes y medio, cuando yo tenía diez. De repente, empecé a encontrarme mal. Me dolía la cabe­za, la espalda y la garganta. Lo de la cabeza era lo peor, cualquier ruido resonaba y me recorría el cuerpo de abajo arriba y de arriba abajo. Cuando la abuela me decía «Cuchi Cuchi» (ella me llama Cuchi Cuchi, y a mí, la verdad, casi me gusta más que Jonathan) sentía que mi cabeza iba a estallar. Y, para colmo, en vez de des­ahogarme llorando, como otras veces, mi propio llanto me resonaba en los oídos y cada vez estaba peor. Esa especie de plastilina amari­llenta que a veces aparece en mi pañal (no sé de dónde saldrá, pero mamá nunca me deja jugar con ella) también cambió; olía mal y me escocía el culito. Alberto, un amigo del parque, que ya tiene trece meses, me dijo que eso era un virus y que no tiene importancia; pero mis padres no deben de entender tanto de eso como Alberto, porque parecían preocupados, como si no supieran qué hacer.

Durante casi una semana, es que no podía ni tragar. Suerte del pecho, que siempre entra bien; pero lo que es las papillas, se me ponía como una cosa aquí en la garganta que acababa vomitando. Y lo extraño es que ni siquiera tenía hambre. Yo les decía a mis padres lo que pasaba, pero no entendían nada. A veces me desespero con ellos, y pienso que ya va siendo hora de que aprenda a hablar. Todo lo entendían al revés. Yo lloraba flojito y largo, diciendo «abrázame todo el rato» y ellos me dejaban en la cuna. Yo ponía cara de «hoy, la verdad, no me apetece nada» y ellos venga a darme más comida. Yo hacía muecas de «una cucharada más y vomito» y ellos se enfa­daban y gritaban, y decían no sé qué de «marranadas».

Por suerte, el dolor de cabeza y todo eso sólo duró unos días. Pero mis padres no han vuelto a ser los mismos. Siguen empeñados en darme comida que no quiero. Y no ya una cucharada más, como antes; ahora pretenden que coma el doble o el triple de lo normal. Se comportan de una manera muy rara; tan pronto están eufóricos y hacen el indio con la cuchara gritando «¡el avión, mira el avión, brrrrrruum!» como se ponen agresivos y me intentan abrir la boca a la fuerza, o les entra la depre y se ponen a gimotear. Pensé si no sería el virus, si no les estaría doliendo también la cabeza y la espalda. Sea lo que sea, el caso es que la hora de comer se ha convertido en un verdadero suplicio; sólo de pensarlo me entran ganas de vomitar, y se me quita la poca hambre que tengo…

Carlos González

MI NIÑO NO ME COME
Consejos para prevenir y resolver el problema
capítulo tres
Editado por TEMAS DE HOY

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