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Mamá, ¿Estás brava o impaciente? – Educación emocional en la crianza

 

Por Ana María Constaín

 
Parte de mi trabajo consiste en ayudar a las personas a poder contactar, reconocer y validar sus propias emociones. A los adultos y a los niños, quienes a su corta edad muchos ya no se permiten muchas cosas. Porque les empezamos a pasar desde que nacen muchas de nuestras “enseñanzas”: -Ay, que feo te ves cuando estas bravo, -si sigues gritando la policía te va a llevar, -¡Esa no es razón para llorar!, Pero si no hay por qué tener miedo, -¡No pasó nada! (el niño con un morado en la frente). La lista es muy larga.
Así que desde que nació Eloísa hemos puesto mucha consciencia en su educación emocional. Porque bien sabemos que no se trata solo de tener el conocimiento. Para poder acompañarla en sus emociones necesitamos estar muy atentos, a nuestras emociones y a lo que las de ella despiertan en nosotros. Ser cuidadosos en nuestros mensajes que salen de la boca automáticamente, vivir en coherencia con lo que pretendemos enseñarle.
 
Una mañana después de varios -Mamá quiero banano, mamá quiero banano, le grité a Eloísa ¡Ya te dije que ya voy!.
 
Entonces ella me contesta,
 
Mamá, ¿estas brava o impaciente?
Después de un ataque de risa, le dije
– Impaciente mi amor.
¿porqué?
– Por qué me has pedido lo mismo muchas veces.
– Y ¿ya estas feliz?.
Sí, ya estoy feliz.
 
Esto fue un gran momento, porque me di cuenta que estos dos años de este ejercicio de conciencia si están dando sus frutos.
 
Me siento muy contenta porque sé que es un gran regalo que le estamos dando. Que nos estamos dando como familia.
 
En realidad los niños están muy conectados con sus emociones. De una manera muy natural hablan de ellas y as reconocen en ellos y en los demás. Es verdad que según las teorías del desarrollo los niños son egocéntricos. Pero también es verdad que tienen una gran capacidad de empatía.
 
Así que aunque hablamos de educación emocional yo más bien hablaría de acompañamiento. De respeto. De proporcionarles un ambiente propicio en donde puedan desarrollar todo su ser emocional y no tengan que enterrarlo hasta el punto de olvidarlo completamente. Como nos pasa tanto a los adultos.
 
Entonces el verdadero reto no está en lo que les enseñamos sino en cómo vivimos las emociones. Como las integramos a nuestra vida como cualquier otro aspecto de la crianza. Empezar por reconocerlas y validarlas. Darles espacio a todas, incluso a las no tan deseables. Muchas veces surge el conflicto entre la emoción y la conducta. Y esto es muy importante de diferenciar. Darle un espacio al enojo no significa permitirnos golpear a otros o romper las cosas de la casa. De hecho es probable que si damos un espacio a la emoción pronto sepamos que no necesitamos llegar a la agresión por ejemplo.
 

Lo que pasa es que tenemos tan reprimidas y negadas nuestras emociones que entonces tenemos que expresarlas de maneras menos saludables. Aquí es cuando muchas veces aparecen los problemas de conducta, las enfermedades, los problemas escolares.
 
Bueno, y ¿como se integran las emociones a nuestra vida?
Primero que nada tenemos que integrarlas en nosotros mismo, esto implica un trabajo personal que depende mucho de cada uno y de nuestra historia emocional.
Como todo en la maternidad, de nada sirve leer pautas y consejos, porque ya lo he dicho otras veces. A ser padre o madre no se aprende. Se es.
Así que el trabajo empieza por nosotros mismos. Por mirarnos. Por hacer consciencia de nuestras propias emociones, de  nuestras creencias hacia ellas, de la manera en que las expresamos, reprimimos, prohibimos, censuramos, juzgamos. Dándonos cuenta de nuestro lenguaje. ¿hablamos de lo que sentimos? ¿cuándo decimos siento describimos una emoción o más bien un pensamiento? (Siento que esto es muy difícil). ¿Tenemos palabras para describir las emociones? o nuestro vocabulario se reduce a Bien y Mal. ¿Cómo nos distraemos para evitar sentir?
 
Si estamos emocionalmente conscientes es muy probable que el acompañamiento emocional a nuestros hijos sea natural. Sin embargo, dado que lo raro es que lo estemos, es importante hacer un ejercicio de atención en el que nos “forcemos” un poco a generar este ambiente propicio. Tener conciencia para poder hacer cosas que no nos salen automáticamente, y que implican de alguna manera un esfuerzo para cambiar nuestros patrones y maneras de vivir las emociones.
 
Para finalizar entonces les dejo unas ideas de cómo facilitarles a nuestros hijos este entorno de salud emocional.

  • Contarles cuentos  que hablen de emociones. Aunque  no es tan fácil encontrar libros infantiles especializados en las emociones, cada vez se encuentran más. Y nosotros mismos podemos adaptarlos e inventarlos.
  •  Nombrar las emociones en el día a día. Decirles a nuestros hijos como nos sentimos, aunque creamos que son “cosas de adultos”: El abuelito está enfermo y estoy triste, estoy cansado y no tengo ganas de jugar, mamá y papá están bravos y estamos peleando. Esto les ayuda muchísimo a ubicarse en la situación y entender que no son culpables de nuestros estados emocionales. Entienden que lo que perciben es real. Aún cuando no tienen lenguaje.
  • Reflejarles sus propias emociones: “sé que tienes hambre y por eso lloras”, ¿No te gustó que te quitaran el juguete?, ¿Te da pena ir a saludar? Etc.
  • Preguntarles con frecuencia como se sienten, una vez hayan adquirido el lenguaje.
  • Preguntarles como creen que se sienten los demás en determinadas circunstancias: ¿Cómo crees que se siente tu hermano cuando le pegas?
  • Validar las emociones, poner límite en las conductas. Tienes derecho a ponerte brava conmigo pero no me puedes pegar, me duele.
  • Atender las necesidades detrás de las emociones: ¿tienes miedo? Yo te acompaño. ¿Estás triste? Ven te doy un abrazo.
  • Amarlos incondicionalmente. Nunca darles mensajes en los que se entienda que el amor depende de sus estados emocionales. “Así no te quiero”. “vete a tu cuarto hasta que te estés portando bien”, “Si no te callas, me voy”.
  • Darle espacio a todas las emociones, sin premiar o recompensar las que nos agradan y castigando las que no. Cada uno tiene su propia lista de emociones preferidas. Esto también implica no tratar de cambiar una emoción: Distraer al niño que llora, hacer cosquillas a un niño bravo.
  • Tener un amplio vocabulario emocional. No hablar solo de bien o mal. Feliz y triste.
  • Acompañar y contener las emociones. Evitar marginar a los niños cuando expresan emociones que nos desagradan. Si es necesario retirarlo de la situación pero permanecer con el.
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