Maternidad

Emociones y maternidad

 

Tengo tres hijos de carne, dos niñas de seis y tres años respectivamente y el más pequeño de once meses.

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Cada crianza ha sido diferente, pero ésta en concreto está siendo especial. Sé que es mi último bebé y cada mes que pasa, cada etapa que se supera, sé que será la última. Ya no volveré a tener un chiquitín propio en brazos, ya no volveré a vivir esos momentos únicos en lo que tu bebé te mira por primera vez, ya no encontraré esas caquitas de leche que huelen a bebé nuevo… Voy cerrando etapas con serenidad y transitando mis duelos con conciencia, me siento en paz. 

Por otro lado, veo que necesito dejar atrás la etapa de la primera crianza. Comienzo a necesitar que mis hijos sean un poco más independientes, empezar a tener un poco más dé espacio y tiempos para mí. A veces me pesa su demanda tan insistente.

Hablando con otras madres veo que son sentimientos y emociones que se dan (aunque cada una tenga sus tiempos), que son habituales. 

Lo que observo también es un sentimiento de culpa directo unas veces y difuso otras. 

Es raro que estos pensamientos se compartan y si se comparten tal vez la persona que escucha (o debería escuchar) les quite importancia o descalifique a la mamá que se desahoga, con lo que, la siguiente se callará alimentando el tabú y el aislamiento entre mujeres. 

La maternidad y más si hablamos de puerperios (y más aún si hablamos de puerperios sucesivos) es una época extraña, de agitamientos emocionales para los que no nos preparan. 

Hay que tener en cuenta la gran riqueza emocional que se crea en este tiempo. Las inteligencias que se despiertan de las que nadie nos habla, el empoderamiento que nos invade que todo el mundo se empeña en derribar. Momentos que nos guardamos para nosotras pues nadie entiende esos ratos de extraña lucidez en los que podríamos crear nuevos mundos y desentrañar todos los misterios de los viejos… 

No es extraño que una madre piense a veces que está loca, pues ésa es la imagen que de sí misma le devuelve la sociedad. 

Se llama ambivalencia al hecho de sentir una emoción y su contraria en el mismo momento. Es un sentimiento normal que suele suceder sobre todo en tiempos de gran agitación emocional. 

Las madres hemos aprendido qué es lo que idealmente tenemos que sentir. Pero si sentimos lo contrario, nos descolocamos y la culpa surge con violencia inusitada. 

Nuestra generación de madres hemos aprendido a fortalecer los vínculos con nuestros hijos porque es bueno para ellos y para nosotras. Sobre todo los niños se beneficiarán de todo el cariño, los brazos y los abrazos que les damos. 

Nos enorgullecemos de no ser como nuestras madres que tal vez nos obligaron a comer productos artificiales, a dormir solas, a hacer caca en el orinal… antes de lo que estábamos preparadas. Que no nos abrazaron todo lo que necesitamos porque les enseñaron que si nos daban mimos nos malcriarían y terminaríamos siendo personas débiles y sin carácter, a merced de la vida, por culpa de un exceso de cariño. 

Hemos aprendido que el cariño nunca se les da en exceso a los hijos. 

Pero aún hemos de aprender que también nosotras necesitamos nuestro propio cariño, que hemos de cuidar a la niña interior que aún llora porque no le abrazaron a tiempo, que hemos de cuidar a la mujer adulta en la que nos hemos convertido que necesita que la mimen y descansar de vez en cuando. 

Qué fácil es cuidarnos a nuestros y qué difícil a nosotras mismas. 

Y cuando la necesidad de cuidarnos crece y se hace prioritaria cómo nos cuesta dejar por un día de ser “supermamá” y dedicarnos el tiempo que merecemos. O tal vez lo hacemos pero nos dejamos vencer por la culpa. 

Es complicado ser madre, mujer y persona. Pero en ello estamos, aprendiendo, equivocándonos, regresando, probando, riendo… 

¿Qué es lo que te resulta complicado en tu maternidad? Si quieres dejarme tu inquietud, en mi próximo artículo te dejaré una respuesta. 

Mónica Álvarez

 

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