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Oparipuina: Bombi y sus nuevos amigos (gazteleraz)

 

Érase una vez un día muy especial en casa de Eli. Este día Eli estaba muy atareada en la cocina preparando una gran fiesta, pues su pequeño tesorote, Álvaro, cumplía cuatro años.

Al mismo tiempo, Álvaro, muy emocionado con el camión de bomberos rojo que le habían regalado, jugaba en su habitación con sus primos Paula y Marco y, por supuesto, con su hermanita Lucia también.

El camión de bomberos era enorme: en la cabina había  sitio para trasportar  por lo menos a cuatro bomberos y estaba pintado de color rojo muy rojo, con una gran escalera blanca y muchas sirenas de colores: amarillas, rojas, blancas, verdes, que además tenían sonidos diferentes.

De repente se encendieron solas todas las sirenas del camión de bomberos y éstas sonaban estruendosamente al mismo tiempo que iluminaban la habitación. Los cuatro niños muy sorprendidos se pusieron muy juntitos y se dieron las manos. Y sin darse cuenta de nada más, aparecieron en otro lugar.

¡Este otro lugar era fantástico! Era una  ciudad repleta de juguetes de todos los tamaños y colores. Había dinosaurios, caballos, Pocoyó, clics de paymobil, el Señor Patata con su Señora, montones de coches y de garajes, muñecas, Bob Esponja, piratas, payasos… Y mil cosas más.

Además, como en todas la ciudades, había muchos edificios: casas, torres de rascacielos, centros comerciales, tiendas de chuches, cines, parques, ayuntamiento, biblioteca, colegios, hospital, un castillo, un zoo… ¡Y mil cosas más!

Pero, lo más sorprendente de todo era que Álvaro y los demás estaban vestidos de bomberos y que el camión que le habían regalado les sonreía amablemente mientras les hablaba.

¡Hola! ¡Bien venidos a La Ciudad de los Juguetes! Me llamo “Bombi” porque con mis mangueras apago los fuegos.

Los niños estaban emocionados, Álvaro el que más:

¡Vaya regalo de cumpleaños más fantástico!–  exclamó.

Y Bombi muy animado seguía hablando  y contando cosas de su ciudad.

Seguro que tenéis hambre porque ya es la hora de merendar– dijo Bombi.

Los cuatro niños contestaron que sí. Ya hacía un rato que se escuchaban sus tripas crujir.

Pues os llevaré al “jantoki” más cercano. Estoy seguro de que la comida os gustará mucho– dijo Bombi abriendo sus puertas para que los cuatro se montarán en él. Por supuesto Álvaro se sentó en el asiento del conductor que para eso era su cumpleaños.

El camión les llevó hasta una “ikastola” que tenía un “jantoki” enorme de grande. Pero, para sorpresa de todos, no se escuchaba el ruido escandaloso que suele haber en todos los “jantokis” del mundo mundial. Este era silencioso, aunque estaba lleno de gente. Bueno, gente no exactamente; estaba lleno de juguetes que tenían hambre y estaban comiendo.

En este lugar se escuchaba una música muy bonita que sonaba a flautas y violines, que sin saber cómo te abría el apetito. Eran los enanitos que colocados por las esquinas tocaban sus instrumentos para que todos estuvieran tranquilos y relajados mientras comían.

Las paredes y el techo estaban decoradas con dibujos de arco iris, nubes, lunas, estrellas, soles, lluvia…, que se movían de un lado para otro haciendo que el color del “jantoki” cambiara constantemente. Así ahora era de día, ahora era de noche; ahora llovía, ahora salía el sol.

Aunque lo más, lo más, lo más fantástico de todo era la comida: manzanas con sabor a chuches, lechuga que sabía a macarrones con tomate, vainas con delicioso aroma a pastelitos de chocolate… Y así toda la comida. Álvaro se emocionó tanto que se comió de golpe tres manzanas; eran deliciosas, sabían a chicle, nubes y regaliz todo mezclado. ¡Este lugar era maravilloso!

Estaban comiendo tan agustito cuando de sopetón a Bombi se le volvieron a encender todas las sirenas, era un ruido estruendoso.

¿Qué pasa, qué pasa?– preguntaban todos los juguetes.

Se habían activado las alarmas de La Ciudad de los Juguetes porque la biblioteca de los cuentos risueños se estaba quemando. Por las ventanas del edificio salía mucho humo negro y grandes llamaradas de fuego.

Todos los juguetes miraban a Álvaro, Paula, Marco y Lucía pidiéndoles ayuda ya que sería muy triste vivir sin cuentos risueños; y si se quemaba la biblioteca no quedarían historias para poder jugar con ellas.

Los cuatro bomberos muy decididos se montaron en Bombi y dijeron a la vez:

¡Rápido, llévanos a la biblioteca! Nosotros salvaremos los cuentos risueños.

Bombi se puso en marcha y en un periquete llegaron a la biblioteca en llamas. Bajo las órdenes de Álvaro, que era el jefe de los bomberos, se bajaron corriendo y enchufaron las mangueras hacia las ventanas. El agua salía con mucha fuerza y en un plis plas consiguieron apagar el fuego.

Todos los juguetes de la ciudad estaban allí observando muy atentos lo que pasaba y cuando vieron que ya no había peligro de quedarse sin biblioteca empezaron a aplaudir y a gritar:

¡Viva Álvaro y sus bomberos! ¡Viva! ¡Viva!

Álvaro levantaba la mano muy contento saludando a todos. Paula y Marco sonreían satisfechos mientras Lucía se bebía el agua de las mangueras, que por cierto, no era agua; era zumo de tarta de cumpleaños. ¡Um, qué rico!

Entonces, se escuchó una voz que les llamaba:

¡La merendola ya está preparada! ¡Podéis venir ya!– era Eli desde la cocina.

Los niños, con un poco de pena, se despidieron de los juguetes y se subieron en Bombi para que les llevara de regreso a casa. Y ¡zas!, en un periquete ya estaban otra vez en la habitación de Álvaro. Todo había vuelto a la normalidad.

Álvaro, muy contento por la aventura vivida, cogió a Bombi en sus brazos y dijo a los demás:

Este será nuestro secreto. No se lo contéis a nadie y menos a los mayores porque no nos iban a creer.

Y salieron a merendar convencidos de que muy pronto Bombi les llevaría de nuevo a la ciudad de los juguetes a comer manzanas y vivir grandes aventuras.

 

 ¡FELIZ CUMPLEAÑOS ÁLVARO!

 

 

(diciembre 2012) Pily

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